La denominación de Gallaecia proviene del topónimo con que
los romanos identificaban a la provincia del Imperio romano que abarcaba el
tercio situado en el extremo noroccidental de la península Ibérica situado al
norte del río Duero y al oeste del río Pisuerga, habitado por pueblos indoeuropeos de lengua
céltica denominados galaicos, al oeste, y astures al este. A pesar de la
diversidad y riqueza humana que caracterizó al territorio desde tiempos del
Neolítico, el nombre Gallaecia procede de los celtas (conocidos como “celtas de
Urnenfelder” (‘campos de urnas’), un grupo de indoeuropeos que se asentaron en
la península durante el periodo calcolítico.
Años después de la culminación de la conquista romana, con
la nueva división administrativa de Diocleciano, el territorio de Gallaecia
estuvo formado por los conventos Lucensis, Bracarensis y Asturicensis. Con el
paso del tiempo, en el siglo IV, el territorio llegó a incluir el antiguo
conventus Cluniacenesis, abarcando así todo el norte de Hispania.
A comienzos del siglo V
Gallaecia fue ocupada por los suevos y los alanos a pesar de la
resistencia de sus habitantes. Estos bárbaros establecieron reinos en
territorio romano a través de pactos con el poder imperial. El rey suevo
Hermerico firmó un foedus con el Imperio, mediante el cual se convertía en
federado de Roma, ocupando la provincia de Gallaecia y aceptando al Emperador
como su superior (411). La parte occidental de la Gallaecia fue para los
suevos, en tanto que la oriental correspondió a los alanos, dirigidos por su
rey Gunderico. Enfrentados ambos, Hermerico
fue derrotado por los alanos en los montes Nervasos, en la actual provincia de
León.
De este modo, Gallaecia llegó a su fin. En pocos años, el
reino suevo quedaría restringido a la Galicia actual, el norte de Portugal y
extremo occidental de León, mientras que
el resto del territorio quedó bajo dominio visigodo o de las propias élites
hispanorromanas.

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